Hola escasos, pero escogidos amigos blogeros, hoy voy a contaros otra de las cosas que más me gusta hacer: nadar, disfrutar del agua. Sobre todo en el mar. Deslizarme por el agua, apenas sin esfuerzo, flotando tranquilamente, saboreando su caricia salada, abandonada en su arrullo fresco. Una delicia sin comparación.
Y eso que para esto, como para tantas otras cosas en la vida, fui un poco tardía. Creo que descubrí lo divertido que podía ser nadar y jugar en el agua aproximadamente a los 10 años. Hasta entonces, y a pesar de tener la oportunidad de ir a la piscina a diario (nada corriente en mi niñez, y mi condición social), a pesar de eso y de que el pueblo de mis padres quedaba cerca de un pantano, donde nos bañábamos todo el verano, pues con todo, yo no consentía que el agua me tocara más allá del tobillo, y con flotador, por supuesto.
Hasta que un día se nos olvidó el flotador, y por aquellos misterios de la vida, que te hacen tomar decisiones inauditas, me metí, hasta la cintura, y por equivocación el siguiente paso me llevó a que el agua me cubriera por el cuello, y no sé cómo me vi flotando, y ¡nadando! Increíble, porque además no se me dio nada mal. Y desde ese momento, nadaba y buceaba tanto como para desesperar a mi madre, que inevitablemente me veía ahogada cada vez que me zambullía.
Y ahora bien que recuerdo aquellos días, los desperdiciados, cuando no quería o no podía, por el miedo, bañarme.
Porque ironías del destino, ahora que quiero, no lo puedo hacer y es lo que más deseo todos los veranos.
Un inconveniente físico ha venido a truncar mi gran afición.
Aunque yo no desisto, este verano estoy inventando una nueva disciplina o modalidad de natación, que podía ser para los juegos paralímpicos, por ejemplo. Se llamará algo así como “natación con traqueotomía”, pero de momento voy a ver si perfecciono la técnica.
Felicito desde aquí a los que podéis nadar alegremente, y os encargo que os déis un buen chapuzón por mí
Asun® 6 de Julio de 2012







